lunes, septiembre 18, 2006

Caminata en el Pochoco

A eso de las 7 de la tarde recibo un mensaje de Gonzalo invitandome a un día de trekking, dude por un minuto porque estaba realmente cansado, pero si no lo hacía ahora no lo iba a hacer nunca más, así que acepte. ¿Día entero a medio día? me pregunta Gonzalo, considerando mi deplorable estado físico y a falta de una opción de un cuarto día, opte por medio día.

Apenas acepté me di cuenta que mis all star rojas y mis jeans rotosos no eran el mejor atuendo (tenida) para esta actividad, así que salí corriendo al mall donde me compre unas botas de caña alta y unos pantalones de esos que se transforman en short. Aunque parezca compulsiva, detrás de esta compra hay una muy poderosa razón y es la de obligarme a que esta no fuera la primera y última vez que haga este tipo de salidas y con lo que me salieron esas botas les juro que no va a ser la última.

Antes de seguir adelante quiero contarles un poco de mis antecedentes. Tengo 28 años, soy uruguayo y toda la vida fui un tipo muy deportista, nade, jugué tenis, rugby, hice vela, además soy algo aventurero, eso viene de familia, cuando era chicho viví en un barco porque mi padre quiso dar la al vuelta al mundo en barco, también hice un par de travesías motorizadas, como hacer un viaje de 1600 kilometros en una mehari, salte en bugee, en paracaídas y hasta intente hacer street luge con un luge construido por mi, además tampoco soy un bicho de ciudad, durante gran parte de mi vida viví en una pequeña ciudad cerca del campo.

Pero todo eso fue hace 10 años, desde que tengo 18 hasta ahora en vivido una vida bastante sedentaria, hace 10 años que no practico ningún deporte, fumo una caja de cigarros por día, tengo unos 10 kilos de sobrepeso y paso la mayor parte de mis días frente a esta pantalla que me ha dado un lindo bronceado grisáceo verdoso.

Bueno, volviendo al tema. A las 8:40 me llama Gonzalo que me estaba esperando en la esquina de mi casa, salí puerta afuera muy entusiasmado, tanto que corrí la media cuadra que había hasta donde estaba parado el auto Gonzalo, llegué agitado, claro indicio de que este no iba a ser un día fácil.

Luego de un corto viaje en auto llegamos a los pies del cerro Pochoco que tiene 1800 m de altura con unos 1000 de desnivel, tienen que entender que soy de Uruguay donde el cerro más alto apenas sobrepasa los 500m, o sea que para mi el Pochcoco es una montaña, no un simple cerro.

Comenzamos el asenso y en los primeros 200 m yo ya me quería volver, no daba más, mis pulmones no daban a basto, me ardía la traquea y mis piernas parecían dos garrotes en llamás hasta creo que por un momento perdí la visión periférica y pensé que nunca iba a poder subir este cerro, pero por lo menos había aprendido una cosa, que Pochoco en lengua nativa seguramente significara Montaña del Infierno.

Gonzalo continuaba diciendo que esta era la parte más difícil y que después no era tan inclinado, mientras yo vomitaba en los arbustos como si hubiera tomado pisco en cantidades industriales. Creo que nunca me había sentido tan exhausto en mi vida, solamente recuerdo dos ocasiones donde me sentí tan agotado, en mi primer partido de rugby y la vez que empuje un kart en la pista por 200 metros intentando hacer que arranque.

Estaba exhausto pero finalmente creo que comprendí porque dicen que esto es desestresante, les juro que en medio de el vomito, el ardor en la traquea, la falta de aire y el constante dolor muscular en las piernas, no pensé ni un segundo en los problemás del trabajo.

Creo que las dos cosas que me permitieron seguir adelante no fueron la autodeterminación o la persistencia, sino el odio y la vergüenza. Odio que sentí por esa niñita de no más de 10 años que paso a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja mientras yo agonizaba, es algo feo de decir pero lo admito la odié. Vergüenza sentí cuando me tope con un señor de más de 70 años que para colmo ya venía bajando. Aprovecho para pedir disculpas a toda la gente que me cruce en el camino que muy amablemente me saludo pero no pude responder debido a mi falta de aire.

Finalmente, logre pasar la primera parte que es como un tercio del trayecto, después de descansar un rato seguimos adelante, esta vez cambiamos de estrategia, yo iba adelante ya que seguirle el ritmo a Gonzalo me estaba matando. Definitivamente Gonzalo tenia razón lo que seguía no era tan duro como la primer parte, además fue mucho más divertido ya que en un momento nos salimos del sendero y tuvimos que trepar por algunas rocas y eso es definitivamente mucho más entretenido.

Luego de un rato y de muchas pausas llegamos a la segunda cumbre, la vista es impresionante, para un lado se ve Santiago o por lo menos lo que el smog deja ver y para el otro lado la cordillera, un panorama bastante impresionante, pero más impresionante aun era lo que faltaba para llegar a la cumbre del Pochoco, me pareció imposible que pudiera llegar pero gracias a Gonzalo que me continuaba diciendo que era poco y que ya casi llegamos tome ánimo y seguimos adelante, después de todo si había podido con la primer parte iba a poder con esto.

Casi llegando a la cumbre el paisaje cambió, parecía mucho más desértico, empezaron a aparecer más cactus y había menos arbustos, definitivamente era un panorama más lindo o por lo menos uno que no había visto antes.

Por fin llegamos a la cumbre, además de la excelente vista la sensación de alivio fue inmensa, había llegado! no lo podía creer. Descansamos un rato y aprovechamos para comer y sacar algunas fotos, cosa que no había logrado hacer antes por razones ya explicadas anteriormente.

Estuvimos un rato y cámara en mano emprendimos el descenso, definitivamente es más fácil bajar que subir aunque tiene sus trucos porque aunque no es tan exigente al los pulmones, el terreno es bastante resbaladizo y hay que tener cuidado de no caerse y además los pies empiezan a sufrir más que en la subida. Aunque bajamos mucho más rápido me pareció eterna, creo que fue porque en la subida la falta de oxigeno en el cerebro me hizo olvidar la mitad del trayecto.

Con el único pensamiento en la cabeza de tomar una coca cola con hielo, finalmente llegamos al fin de nuestro paseo, saludamos a la gente que nos habíamos cruzado en el camino y fuimos directo al primer lugar donde vendían coca cola, definitivamente fue una de las mejores coca colas de mi vida.

Finalmente le quiero agradecer a Gonzalo por haberme invitado a esta caminata que espero que se repita, después de todo ya compre las botas.

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